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sábado, 10 de marzo de 2012

Inés 2




Acerina

Acerina era la más bella de la mujeres de Anaga. Su cabellos eran finos y suaves como las crines del mejor caballo de Córdoba. Sus ojos azules reflejaban el brillo del mar cuando recolectaba las lapas con la bajada de la marea. Sus manos eran capaz de fabricar una rica artesanía inimitable. Con el barro amasado realizaba largos churros, que unidos entre sí y a ritmo de espiral, formaba su complejo arte. En cada vasija modelada, aún húmeda, grababa los símbolos de la diosa madre Asmayech. Una vez finalizada la tarea de embellecimiento, ponía a secar al sol cada pieza para luego ser expuestas ante el fuego, que con su calor, adquiría la dureza de una roca.
Acerina vivía en un mundo en el que las estaciones no existían, podía beber agua durante todo el año, las flores brotaban del suelo continuamente tapizandolo con diferentes formas, olores y colores. Una gran bahía se encontraba a los pies de numerosas montañas, en cuyas entrañas se gestaba un monte único en el mundo que destilaba lenguas de aguas traídas de las lejanas cumbres. Cuando tenía alguna oportunidad, ella se adentraba y se perdía entre los númerosos senderos del monte para visitar a su antigua Harimaguada, a pesar de su anterior destierro.
Las maguadas eran desde niñas instruidas para el sacrificio espiritúal, sólo ellas eran capaz de comunicarse con el padre cielo. Vertían leche de cabra para alimentar al Dios, y mediante cánticos y bailes específicos prolongaban la armonía de nuestro pueblo, alejando las sequías y las guerras entre aldeas vecinas. Acerina fue, desde que contaba con ocho años, criada entre ellas. Parmaneció en un aislamiento que debió haber durado veinticinco años, a una edad en que la joven maguada estaría preparada para conocer hombre y casarse. Amaba a sus hermanas, disfrutaba de la plena libertad de correr entre los helechos y brezos. Se deleitaba con los manjares que su pueblo les regalaba a modo de ofrenda, un privilegio que ellas mantenían con la condición de que se mantuvieran siempre puras y vírgenes.
Acerina era feliz allí arriba, aunque no entendía el motivo del encierro entre los límites marcados por la Harimaguada. Soñaba con bajar de las montañas y acceder al poblado. Quería saber cómo vivía la gente del pueblo, ver a las otras mujeres que, cada semana, subían las vasijas de barro llenas de alimentos. Conocer la costa en toda su extensión, ver el mar y la arena de cerca, pues aún era demasiado joven para sus baños marinos.
Con el paso de unos pocos años Acerina cambió su envoltorio de niña por un cuerpo de mujer. Sus senos crecieron y su cadera se ensanchó dibujando una sutíl figura en la base de su cintura. Se convirtió en una hermosa criatura de cabello largo y ojos claros como el agua que se abrían alimentados por la curiosidad, cada vez más obcesiva, de conocer lo que había al otro lado de los límites. Una noche con luna llena, sus largas y morenas piernas descendieron con agilidad la abrupta montaña y decidió romper las reglas. Su pecho quedó desbordado pues había desobedecido a su maestra Harimaguada. Había infringido la norma básica de la confianza en la que fue instruida. Le atrapó el miedo, la culpa y la vergüenza pero Acerina no se detuvo porque las ansias de conocer lo no visto fue más grande que cualquier regla.
Cuando ya empezó a invadirle el agotamiento llegó a la prohibida costa del norte. Estaba agitada por el miedo a ser descubierta pero quedó extasiada cuando sintió, por vez primera, la arena negra bajo sus pies. Una tierra fina, y oscura . Las olas clamaban a Acerina su entrada hacia el océano que con cada gesto de fuerza lograron cautivarla aún más. Sin pensarlo, se lanzó al agua, comprobó su frío y húmedo tacto, disfrutó con sus ondas bajo la vigilia de la luna. Olvidando todos sus temores.

En ese mismo lugar, cerca del mar y del cielo. Acerina, mi madre, me dió la vida.

lunes, 27 de febrero de 2012

Inés



Con cada segundo que pasaba la veía más lejos. A través del agujero perforado en la pared vi su silueta perdiendo volumen, su color intenso se esfumaba como el humo perdido en un cielo grisáceo. Recuerdo mi mirada atenta en la delgada línea en la que se convertía mi casa debido a la distancia que nos separaba. Mis párpados se encontraban abiertos intentando buscar la salida de aquella pequeña caja que crujía con cada vaivén de la marea. En unos instantes desapareció todo del horizonte. Rodeados por agua buscaba consuelo en mis otros hermanos pero, aterrados, no mediaban ni una sóla palabra. No sabiamos que era lo que iba a ocurrir, ni lo que deberíamos hacer, ni el porqué nos habían arrancado de Achinech.

Pasamos meses de travesía por el mar, alimentandonos de los desechos, hacinados en aquel habitáculo de ambiente húmedo y olor a muerte. Algunos de mis hermanos fueron abandonando el mundo. Pocos niños aguantaron aquel infierno en el que nos encontrábamos, deshidratados y con fuertes dolores en el abdomen, morían. Cuando esto ocurría, eran despojados de las cadenas y lanzados por la borda como si fueran sacos de piedras bajo la desesperación de sus madres. Las noches se me antojaban largas, noches iluminadas tan sólo por la luna que era la única que seguía en el mismo lugar de siempre, y la cuál parecía ajena a todo lo que allí acontecía.

Fuimos pocos los que quedamos con vida cuando nos acercamos de nuevo a tierra. Esta vez era otra muy distinta a la que yo conocía, ya no era majestuosa, con sus enormes montañas, ni sus hermosos barrancos por el que discurrían libremente las aguas y en las que yo me perdía. Fuimos saliendo uno a uno de aquel monstruoso barco pero no me quedaba aliento en mis pulmones, ni fuerza en las entrañas. Las pesadas cadenas habían formado en la piel de mis tobillos dolorosas ampollas que nunca sanaban. Desprendidas de ellas, formaron pequeños grupos con nosotros. Las mujeres fuimos separadas, y cubrieron nuestros cuerpos con túnicas blancas, de tejido áspero y grueso. La desnudez ofendía a toda aquella gente. Estaba cegada por la luz que irradiaba hacia mi cara después de una oscuridad casi absoluta. Me sentí aturdida, confusa por el lugar donde me encontraba, un mundo ruidoso, sucio, lleno de pequeñas casas, pero con altas torres como nuestros pinos.

Separada de mis hermanas, me llevaron junto a un hombre de piel oscura como la madera quemada y casi desnudo. Era corpulento, de ojos marrones, y dientes blancos perfectamente alineados. Debido a la resistencia que había ofrecido hacia aquellos hombres salvajes, tenía heridas abiertas en su espalda y pude ver su sangre. Ésta era igual de roja que la mía, cuyas gotas se deslizaba por su torso formando un pequeño lago entre los fríos adoquines del muelle. Con el paso de las horas, comprendí el cometido de aquel macabro paisaje. Ambos fuimos llevados hasta un lugar llamado La Lonja. Allí nos expusieron ante un hombre de finas vestimentas que combinaba perfectamente con el entorno. Ante mí se levantaba la roca labrada más imponente del mundo. Su exterior estaba bordado de pequeños personajes petrificados, como si la lava los hubiera envuelto en una de sus temidas furias. Demonios, brujas, niños y cualquier otra criatura, eran representados en cada rincón y esquina de sus paredes. Una vez en su interior, mi cabeza no llegaba al techo el cuál estaba confeccionado de trozos de cielo sustentados por palmeras de hojas doradas elaboradas también en piedra. El azul de éste era intenso y tenía en su poder brillantes estrellas atrapadas con alguna magía que yo aún desconocía. Sólo yo pude ver lo que aquí expreso porque los ojos del "Negro", así le decían, permanecían vendados.

Allí se negoció mi compra. El hombre de vistosa ropa y delicados movimientos posó su mano sobre mi cara, presionó mis mejillas, abrió mi boca e introdujo sus dedos deslizándolos por mis dientes. Con aprobación de los otros, y sobre los tejidos que me habían puesto, acarició mis pechos, muslos y nalgas sin yo poder hacer nada para evitarlo. Yo era una esclava de buena guerra, así fue como me catalogaron, esclava de la más alta calidad por ser de tez blanca y cuerpo joven. Una esclava aún sin nombre, de raza guanche y pagana, por la que se pagó un puñado de monedas. Bajo el manto y título de la fe cristina me bautizaron, me llamaron Inés, Inés di Bianchi, por ser apellido de mi dueño, un mercader Genovés, afincado en el Reino de Valencia. Entre telas de sedas, granos y especias, fui obligada a olvidar mi verdadero nombre, Cathaysa.