A veces cierro los ojos e intento recordar qué fue lo primero que sentí al llegar a la vida. Intento retroceder, y voy avanzando hacia atrás en el tiempo consiguiendo llegar a un punto en el que se mezcla la realidad con lo imaginario. Mis primeros recuerdos, siendo yo muy pequeño, por su puesto, me llevan hacia mi madre. Es más, aseguraría que uno de mis recuerdos olfativos es el pecho de ella cuando aún me amamantaba. Ese olor es firme y en ciertas ocasiones lo percibo llegado de la nada, evocandome ternura y nostalgia.
Yo dormía en la habitación de mis padres, eso también lo recuerdo. De hecho sé cómo era la cuna donde yo dormía, metálica, de barrotes fríos y paredes abatibles. Había un almanaque colgado trás la puerta de la habitación, ¿de 1986 tal vez?, junto a un pequeño bolso de rafia con forma de tubo. Odiaba irme a la cuna, cuando anochecía y mis párpados luchaban por mantenerse abiertos, mi madre siempre terminaba llevandome entre sus brazos para meterme en ella. Terminaba despertando, viendome sólo en aquella habitación, yo me ponía en pie sobre el colchón, agarrado de los barrotes y dando saltos lograba mover las ruedas, alcanzando la puerta, y apareciendo de nuevo en el salón bajo una reprimenda de mi madre. Era un juego divertido para mi, pero para mi madre era un tortura porque el poco tiempo que tenía para ella en sus noches de soledad, lo empleaba en las atenciones que yo constantemente le reclamaba. Incluso cuando mi madre sentía necesidad de ir al baño yo iba corriendo trás ella agarrado de su falda, mamá era para mi una extensión de mi propio cuerpo.
Mi casa era pobre, pero mi madre mantenía lo poco que tenía límpio y ordenado. El salón tenía las paredes empapeladas de blanco, el suelo era de color rojo oscuro con vetas también blancas, losetas pequeñas en las que alguna hormiga intentaba hacer su nido pero siempre exterminada por mis deditos. Una mesa de mármol negro con patas metálicas en el centro. El sofá era de tela gruesa, en tonos también rojos, verdes, marrón oscuro y con motivos florales. Sobre el mueble tocadisco alemán, alguna figura de un perro de color negro con manchas claras, y un pequeño jarrón con una flor de plástico sobre un tapete de ganchillo de hilo de lana en crudo. El televisor era de madera, estaba sobre un mueble también metálico, y solamente sintonizaba dos canales TVE y TVE2, o como dice aún mi madre, la 1 y la 2.
Ella siempre en la cocina, haciendo comida que yo no quería, fregando platos que yo utilizaba, lavando ropa que yo ensuciaba. Cuando no estaba limpiando, estaba planchando, doblando la ropa del día, o tendiendo. Mamá poco salía de casa, tal vez a comprar el pan y algo que hiciera falta en la nevera aprovechando el día que mi padre traía dinero ganado en su semana de trabajo en la tapicería. ¿Quién era mi padre?. Yo le veía muy poco, cuando yo estaba despierto, mi padre trabajaba, cuando él llegaba en las madrugadas, yo ya estaba nuevamente durmiendo. Algún domingo recuerdo a mi padre en casa, pero me daba miedo estar junto a él, un hombre de ojos verdes, casi transparentes. Mi padre le confesó en alguna ocasión a mamá que ella me tenía muy malcriado, y que poco amor a él yo le daba pero para mi fue casi un desconocido en esos tiempos. No recuerdo jugar con mi padre de pequeño, ni tampoco mi memoria me lleva a vacaciones compartidas, ni paseos en carnavales, ni a la playa, ni nada de esos momentos de álbum que tienen la mayoría de las familias, la mayoría de veces mamá estaba sóla.
Soy muy injusto con mi padre, mientras tengo tiernos recuerdos que afianzan más la relación con mi madre, con mi padre no recuerdo, que no recordar no significa no haber vivido. Papá bebía mucho alcohol, y una noche sí y la siguiente también, terminaban mis padres discutiendo, oyendo entre mis sueños gritos, insultos y al despertar en la oscuridad terminaba viendo algún que otro fantasma identificado en lo que era tan sólo un muñeco. Eran esas madrugadas en las que yo quería que mi padre no existiera. Repito que soy muy injusto con mi padre por tener estos recuerdos cuando mi pasado indaga en él. Aunque tal vez sí que recuerde algo. Una noche desperté y vi a mi padre regalandole a mamá una muñeca con pelos rizados, rubios, y sombrero. Era una granjera, que papá decidió regalarle por una de esas noches de discuciones, en la noche de reyes. La luz de la mesita de noche estaba encendida y en penumbra, se apreciaba la figura de mis padres abrazados mientras dormían y no se oía absolutamente nada, tan sólo calma.
Hoy día mi padre está curado, lleva siete años sin probar gota de alcohol. Mi madre es feliz en la medida que le es posible, sigue limpiando, planchando y doblando ropa en la misma casa, con la diferencia que ahora es a sus nietas a las que atiende. Los fines de semana vienen a mi casa a visitarnos a Guille y a mi, a disfrutar del aire marino de San Andrés. Soy feliz cuando veo a mis padres enamorados nuevamente, recuperando el tiempo que no supieron disfrutar en aquel momento en el que yo era pequeño.
Cuando tenga 70 años podré recordar lo felices que fueron mis padres cuando yo cumplí los 30.