Maternidad, KLIMTCarmen era el nombre de mi abuela, mi segunda madre. Siento que gracias a ella existo. Se marchó en Septiembre después de una rápida y agonica enfermedad. Luchó hasta el final, y hasta el último momento se aferró a la vida. Pude despedirme, para mi debería haber sido un hasta luego, pero el amor que encontró en el otro lado fue más fuerte y se marchó.
El día de su muerte tuvo una operación de urgencia. Nos avisaron que deberíamos ir los familiares para dar el consentimiento. Recuerdo su mirada, casi no hablaba del miedo, pero yo intentaba animarle. Le dije a mi abuela querida que no iba a pasar nada, que todo saldría bien. Le acariciaba el cabello, y ella obsevaba a todos los que estabamos en la habitación. En cuestión de minutos se la llevaron. Después unas angustiosas horas,la intervención quirurjica acabó. Recuerdo también como salió el equipo de operación, todos vestidos de verde, y no dijo el cirujano que el pronostico no era bueno. Todo dependía de la fuerza que tuviera mi abuela, nos dijo que tuvieron que cortar muchas arterias para poder limpiar de bacterias sus organos.Es curioso como algo tan pequeño, una bacteria, puede acabar con la vida de una persona.
Pudimos entrar de dos en dos a la U.R.P.A, lugar donde se le haría el seguimiento del postoperatorio. Las siguientes 48 horas serían de vital importancia. Mi abuela salió despierta, tuvo hasta fuerzas para hablar con todos y cada uno de nosotros. Yo entré con uno de mis tíos, ella estaba acostada con un tubo que le recorría el cuello y se perdía entre las sabanas. Tenía los hombros desnudos, las sabanas le tapaba el pecho y los brazos descubiertos. En uno de ellos llevaba sueros, en el otro sangre. Disponía de una máscara de oxigeno en la boca y bajo ella oía su debil voz. Le dije que la quería mucho, intenté no llorar, pero el pecho me explotaba, mis lagrimas se deslizaban por su cara , le tomaba de una de sus manitas, con sus uñas perfectas. Le acariciaba y olía su pelo. Aún consigo oler su cabello si cierro los ojos y pienso en ella. Me respondió que me quería a mi también, dos veces, su mirada era acristalada, e intentaba mirarme pero se le perdía en el techo, mirando en un punto fijo, buscando algo. Tuve que salir, a pesar de mi negativa, mi tío insistió para que entraran sus otros hijos. Yo no quería porque desde ese momento supe que no iba a volver a ver a mi abuela despierta.
Nos fuimos a casa, estabamos todos con una sensación extraña. Agotamiento por las horas de angustia sufrida en la sala de espera, nervios propiciados por la intranquilidad y el no saber que pasaba. Intenté dormir pero todo en la cama me daba vuelta, un hilo de acidez recorría mi estómago, como trozos de critales que me rasgaban por dentro. La oscuridad pesaba, y sonó el teléfono.
Mi madre lloraba al otro lado, le di tranquilidad pero insistía que mi abuela moría. Subí con Guille. En el hospital se encontraba otro tío mio. Un medico que supervisaba su evolución nos dijo que podíamos pasar a verla, estaba dormida y no sufría. Nos dijo que estaban haciendo todo lo posible por ella pero que la presión arterial no subía, sólo descendía como una gran canal de agua. Nos dijo que estaba haciendo por mi abuela lo que a él le gustaría que hicieran por su madre llegado el momento.
Entré, ella estaba en medió de otros dos enfermos, una de ellos, una señora, tosía de dolor mientras, mi hermana y yo, observabamos con estupor lo desmejorada que estaba. Su piel estaba pálida, su calor corporal era mínimo. Sus manos estaban frías. En la pantalla muchos números y líneas, una enfermera anotaba cifras en unas hojas, y a cada instante una señal de alarma avisando que algo iba mal. 70 -65-54-56-50...la presión arterial menguaba por minutos. Mi abuela respiraba, con agitamiento, al mismo compás siempre, e inhalaba gran cantidad de oxigeno.Su boca se abría y cerraba bajo la mascarrilla de oxigeno con gran violencia.
Mi madre no llegaba, iban entrando mis tíos, diez hijos trajo al mundo Carmen. Le dije a mi padre que fuera a buscar mamá a casa y que por favor, no tardara, la presión arterial a 20. Todos llorabamos le dabamos ánimos, LUCHA MAMÁ, le decía la hija pequeña. Presión arterial a 5, mi madre entra, su primera hija, se abraza a ella, y llora desesperadamente. Le agarra su manita izquierda, mi abuela respira fuerte. Un pequeño hilo rojo oscuro sale de su boca se desliza sobre la comisura del labio derecho. La máquina marca 0 , una línea recta, llamo a gritos a una enfermera, nos aparta, le límpia la boca, y bombea la bolsa de sangre apretando fuertemente con sus manos, haciendo movimientos rítmicos para aumentar el riego sanguíneo. Lo siento nos dice. Y Carmen muere.
Recuerdo un desmayo mis piernas se aflojan mi mente se esfuma, los gritos de mi familia me traen de vuelta. Una película parece todo, quiero salir corriendo, a nosotros no nos puede estar pasando esto. Despiertame mamá decía...
Ahora puedo escribir sobre esto. He decidido seguir viviendo, no abandonarme, ya que sé que a mi abuela no le gustarían mis pensamientos. Me cuesta admitir la vida sin Carmen. Yo era su "reino", su "amor bonito", su "nieto precioso" y ahora todo ha cambiado. Ni si quiera ya su casa la reconozco, mis tíos lo han cambiado todo.
El día de su muerte tuvo una operación de urgencia. Nos avisaron que deberíamos ir los familiares para dar el consentimiento. Recuerdo su mirada, casi no hablaba del miedo, pero yo intentaba animarle. Le dije a mi abuela querida que no iba a pasar nada, que todo saldría bien. Le acariciaba el cabello, y ella obsevaba a todos los que estabamos en la habitación. En cuestión de minutos se la llevaron. Después unas angustiosas horas,la intervención quirurjica acabó. Recuerdo también como salió el equipo de operación, todos vestidos de verde, y no dijo el cirujano que el pronostico no era bueno. Todo dependía de la fuerza que tuviera mi abuela, nos dijo que tuvieron que cortar muchas arterias para poder limpiar de bacterias sus organos.Es curioso como algo tan pequeño, una bacteria, puede acabar con la vida de una persona.
Pudimos entrar de dos en dos a la U.R.P.A, lugar donde se le haría el seguimiento del postoperatorio. Las siguientes 48 horas serían de vital importancia. Mi abuela salió despierta, tuvo hasta fuerzas para hablar con todos y cada uno de nosotros. Yo entré con uno de mis tíos, ella estaba acostada con un tubo que le recorría el cuello y se perdía entre las sabanas. Tenía los hombros desnudos, las sabanas le tapaba el pecho y los brazos descubiertos. En uno de ellos llevaba sueros, en el otro sangre. Disponía de una máscara de oxigeno en la boca y bajo ella oía su debil voz. Le dije que la quería mucho, intenté no llorar, pero el pecho me explotaba, mis lagrimas se deslizaban por su cara , le tomaba de una de sus manitas, con sus uñas perfectas. Le acariciaba y olía su pelo. Aún consigo oler su cabello si cierro los ojos y pienso en ella. Me respondió que me quería a mi también, dos veces, su mirada era acristalada, e intentaba mirarme pero se le perdía en el techo, mirando en un punto fijo, buscando algo. Tuve que salir, a pesar de mi negativa, mi tío insistió para que entraran sus otros hijos. Yo no quería porque desde ese momento supe que no iba a volver a ver a mi abuela despierta.
Nos fuimos a casa, estabamos todos con una sensación extraña. Agotamiento por las horas de angustia sufrida en la sala de espera, nervios propiciados por la intranquilidad y el no saber que pasaba. Intenté dormir pero todo en la cama me daba vuelta, un hilo de acidez recorría mi estómago, como trozos de critales que me rasgaban por dentro. La oscuridad pesaba, y sonó el teléfono.
Mi madre lloraba al otro lado, le di tranquilidad pero insistía que mi abuela moría. Subí con Guille. En el hospital se encontraba otro tío mio. Un medico que supervisaba su evolución nos dijo que podíamos pasar a verla, estaba dormida y no sufría. Nos dijo que estaban haciendo todo lo posible por ella pero que la presión arterial no subía, sólo descendía como una gran canal de agua. Nos dijo que estaba haciendo por mi abuela lo que a él le gustaría que hicieran por su madre llegado el momento.
Entré, ella estaba en medió de otros dos enfermos, una de ellos, una señora, tosía de dolor mientras, mi hermana y yo, observabamos con estupor lo desmejorada que estaba. Su piel estaba pálida, su calor corporal era mínimo. Sus manos estaban frías. En la pantalla muchos números y líneas, una enfermera anotaba cifras en unas hojas, y a cada instante una señal de alarma avisando que algo iba mal. 70 -65-54-56-50...la presión arterial menguaba por minutos. Mi abuela respiraba, con agitamiento, al mismo compás siempre, e inhalaba gran cantidad de oxigeno.Su boca se abría y cerraba bajo la mascarrilla de oxigeno con gran violencia.
Mi madre no llegaba, iban entrando mis tíos, diez hijos trajo al mundo Carmen. Le dije a mi padre que fuera a buscar mamá a casa y que por favor, no tardara, la presión arterial a 20. Todos llorabamos le dabamos ánimos, LUCHA MAMÁ, le decía la hija pequeña. Presión arterial a 5, mi madre entra, su primera hija, se abraza a ella, y llora desesperadamente. Le agarra su manita izquierda, mi abuela respira fuerte. Un pequeño hilo rojo oscuro sale de su boca se desliza sobre la comisura del labio derecho. La máquina marca 0 , una línea recta, llamo a gritos a una enfermera, nos aparta, le límpia la boca, y bombea la bolsa de sangre apretando fuertemente con sus manos, haciendo movimientos rítmicos para aumentar el riego sanguíneo. Lo siento nos dice. Y Carmen muere.
Recuerdo un desmayo mis piernas se aflojan mi mente se esfuma, los gritos de mi familia me traen de vuelta. Una película parece todo, quiero salir corriendo, a nosotros no nos puede estar pasando esto. Despiertame mamá decía...
Ahora puedo escribir sobre esto. He decidido seguir viviendo, no abandonarme, ya que sé que a mi abuela no le gustarían mis pensamientos. Me cuesta admitir la vida sin Carmen. Yo era su "reino", su "amor bonito", su "nieto precioso" y ahora todo ha cambiado. Ni si quiera ya su casa la reconozco, mis tíos lo han cambiado todo.
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