jueves, 28 de julio de 2011

Sueño...




Cae la noche. Un tejido azul índigo envuelve todo el paisaje. El mar se ilumina con destellos escupidos por los faros de los barcos. Las estrellas iluminan, como puntos de fuego, cada rincón del cielo. La fina arena se mantiene helada. El barro de la orilla absorbe el agua dejando una leve estela de sal. Sus pies con dedos escalonados se bañan con una ligera y húmeda sábana. La soledad de la playa se hace inminente. Tan sólo se percibe los sonidos de la naturaleza y algún repiquetear de las campanas oxidadas por castigo del mar y el paso del tiempo. Se siente cansado pero a la vez aliviado. No siente miedo de la despedida. Su pecho se cubre de agua. El aroma del yodo recorre el interior de sus fosas nasales. Su cuerpo permanece desnudo. En su rodilla una cicatriz de juego infantil que se esconde tras el abrigo de la arena mojada. Cada pliegue, cada surco es acariciado por el agua. Sus finas pestañas recogen las gotas de agua y luz. Sus ojos se empañan y su grueso cabello flota. Es elevado y se ondula como la más elegantes de las serpientes. El mar sube. Su rostro se desdibuja como el efecto que produce la trementina en un lienzo acabado. Sus oídos escuchan el ruido marino mezclado por sus latidos. Respira hondamente. Su cuerpo se agita, sus pulmones se ahogan, sus ojos dilatan, su pulso muere. En un pequeño y mínimo instante se ilumina todo. La luz lo abarca todo. Se desprende de su pesado cuerpo y se eleva hasta las estrellas de fuego. Desde arriba observa como su cuerpo es arrastrado hacia lo más hondo. No hay dolor, no hay tristeza, no hay miedo, ni sueños. Sólo una existencia infinita de calma y sosiego. Su mente es eterna.

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